domingo, 30 de enero de 2011

Otro ataque de madurescencia: de elefante equilibrista a pájaro en bandada

Cuando paso más de dos días seguidos en Andalucía me invade una añoranza profunda de los días de vino y rosas pasados hace en realidad tan poco..., y vuelvo a Barcelona como cuando se vuelve de un largo viaje de vacaciones: renegando de la vida cotidiana y los paisajes diarios... Ya cuento los días que me faltan para volver...

Pero ya en Barcelona, en casa, al amor de mi sofá, mi música, los objetos que me tranquilizan y el calorcito de mi nido, vuelvo a ese estado "diastólico" de llenarme de nuevo de mí misma, de orientación interior madurescente.

Como las plantas, como las espigas y los racimos, "granándome" produzco y desarrollo nuevas versiones de mí misma.

Inmersa en la pantalla me concentro contradiciendo a Nicholas Carr que dice que Internet y la multicanalidad nos distraen, nos dispersan y nos hacen superficiales, aunque he experimentado muy a menudo esa dispersión que produce la nevagación por Internet.

Concentrada pues, intento transformarme, mutar de la vieja maestra de escuela que un día fui a DJ en pleno "turntablism" copiando, fusionando, manipulando, recreando ideas, imágenes, sonidos... buscando mi propia música..: DJ 2.0!!!

Por ahora no soy más que una aprendiz de bruja que intenta virar de formadora: elefante equilibrista a la DJing en que quiero convertirme: pájaro en bandada.

martes, 25 de enero de 2011

Viviendo la revolución social 2.0: Hécate

Acabo una sesión en Sevilla sobre el tránsito  de las Intranets tradicionales a una Intranet que integre herramientas 2.0 y en las primeras filas se levanta una mano que pregunta (más o menos):

- Crecimiento exponencial de la información y el conocimiento, inteligencia colectiva, realidad aumentada, ¿dónde queda Dios en todo esto?

La pregunta me sorprende y me deja momentáneamente muda.

Pero reacciono y recuerdo que lo que realmente hay detrás de explosión de las redes sociales no es la tecnología, es un cambio de actitud, un cambio de paradigma, la tímida aparición de nuevos valores que tienen  que ver con dar voz a los sin voz, compartir, ser generoso, participar, intercambiar, reciclar, cocrear, CONFIAR.


No quiero hablar ni de Dios, ni de la Fe; hablo de la emergencia de esos valores que nos hacen más humanos, más "nosotros".

A este respecto me gusta mucho el post de Dolors Reg en su blog El Caparazón : http://www.dreig.eu/caparazon/2008/12/17/sharismo-la-esencia-de-la-web-20/

Las redes sociales no "sustituyen" formas de relacionarse y compartir, sino que incrementan la posibilidad de conocer y compartir con el "otro".

Otra cosa es el camino que nos falta por recorrer hasta conseguir una sociedad "habil" y competente en el uso de las herramientas sociales y que por fin desaparezca ese perjuicio tan típico en la mayor parte de organizaciones y que iguala a INTERNET con OCIO y contrapuesto a NEGOCIO, sino que incorpore los recursos 2.0 en la totalidad de la vida.



De vuelta en el avión leo un capítulo de Las diosas de la edad madura de Jean Shinoda, el dedicado a Hécate y transcribo unas cuantas frases:

"Hécate: la diosa de las encrucijadas que podía ver tres caminos a la vez, la diosa de la intuición, a la que encontramos en la antesala de las principales transformaciones, la comadrona que asiste al parto y la mujer que facilita el tránsito del alma cuando esta abandona el cuerpo al morir. Nos ayuda cuando damos a luz nuevos aspectos de nosotras mismas, a desprendernos de lo que va a morir: actitudes anticuadas, papeles desfasados y cualquier otro elemento de nuestra vida que ya no contribuya a nuestra afirmación."

Ella es la que ronda muchas veces cuando acabo una sesión sobre Web 2.0 y redes sociales, sobre todo acompañando a los que tenemos más edad...

Al llegar a casa he decubierto un vídeo magnífico en YouTube sobre la facilidad con la que nos adaptamos al "status quo".

sábado, 22 de enero de 2011

TEDxRamblas: Human Capital 2.0 Advisor, Storyteller, Social Media Trainer

Me gusta Twitter, aprendo muchísimo y estoy al tanto de los últimos eventos, los mejores posts, los gadgets de moda, los vídeos que no hay que perderse. Sigo a unas 200 personas entre amigos, gurús y gente muy activa y productiva en twitter... Hasta aquí todo genial...
Pero según pasan los días observo una cierta endogamia (te retiuteo porque me retiuteas, te retiuteo porque hemos compartido evento, hemos compartido evento porque solo nos retiuteamos entre nosotros)
Compruebo además que de nuevo se trata de un mundo más masculino que femenino... en fin también twitter es en realidad un mundo cerrado.
No siempre tengo esta sensación de exclusión, asistí antes de ayer a TEDxRamblas y como siempre en este tipo de ventos disfruté de lo lindo. Me pareció más abierto que otros cotos cerrados que sólo se miran el ombligo y se diden los unos a los otros lo maravillosos que son.

Como siempre Genís Roca estuvo genial, no me pierdo una intervención suya, siempre aporta una nueva visión...
Pero mi descubrimiento personal en este TED fue Ariadna Mateu, desde su precioso vestido verde, hasta las imágenes absolutamente simples y perfectas que nos ofreció. Copio el cuento de Eduardo Galeano que nos regaló:
Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur. Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.
Cuando el niño y su padres alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
¡Ayúdame a mirar!

Copio también la presentación de Antoni Gutiérrez Rubí que me pareció muy inspiradora...
Y al llegar a casa, todo aporta, me pongo a rehacer mis presentaciones, decidida a seguir reinventándome como Storyteller, Human Capital 2.0 Advisor o como Social Media Trainer... Prometo que estoy buscando una buena traducción al español de mis nuevas profesiones.
Y ahí va... la versión 2 del anuncio de mis actividades....

video

viernes, 21 de enero de 2011

Anunciándome en vídeo

Sigo con las probaturas en vídeo... Seleccionar, copiar, mezclar... parece fácil, pero no sé si el resultado es atractivo.
Me gustaría que me dierais vuestra opinión... ¿más corto?¿otra música?¿menos datos?...
Espero sugerencias...

jueves, 20 de enero de 2011

Maestros

Leo el blog de un buen amigo Ferran Ruiz, Notes d'opinió. Habla del suicidio en Estados Unidos de un profesor de matemáticas al que las evaluaciones negativas de sus alumnos: "menos eficaz que la media", decían, le empujó a quitarse la vida.
¡Tremendo!!!!

Veo a menudo en la tele una exaltación de la incultura, una alabanza de la ignorancia, la celebración de la estupidez humana.

Se valora el cuerpo musculoso, operado, sin edad ni expresión.
Se desprecia al intelectual o simplemente a la persona medianamente culta...

Y sin embargo... parece que el futuro es de quienes sepan gestionar la información, de quienes sepan "contar" lo que sucede, de quienes sepan transmitir y compartir emociones.

En breve esos adolescentes que desprecian con saña a quien no ni hermoso ni brillante, se verán inmersos en un mundo en el que tendrán que compartir más que competir, aportar para ser alguien más que criticar, comprender e integrar más que rechazar... ser personas más que imágenes!

Ahora... la niña del vídeo es GENIAL!!!!

miércoles, 12 de enero de 2011

Brecha Digital

¿Ves primero los números? ¿Ves primero las manecillas? ¿Eres analógico? ¿Eres digital? La reflexión es de Santiago Bonet en su blog.

Y es que el paso de una actitud 1.0 a una 2.0 no es sólo una cuestión de tecnología.

Recuerdo que cuando intenté enseñar a mi padre (que ahora tendría unos 80 años y entonces rondaba los 65) las maravillas de la informática y qué era internet, su problema fundamental fue hacerse con el ratón, fue un problema de psicomotricidad.

También es ahora un problema que va más allá de la tecnología, que es ahora mucho más sencilla e intuitiva que hace 15 años, el rechazo de muchos directivos a la utilización en sus organizaciones de herramientas colaborativas y a abrir sus intranets a facebook, twitter, incluso a linkedin (!).


Tal como explica El País, los principales ejecutivos españoles no hacen uso de las redes sociales, como también tardaron una eternidad en incorporarse al uso del correo electrónico y todavía muchos de ellos siguen pidiendo a sus secretarias que los impriman.

Afortunadamente Blackberry, sobre todo, ha hecho más por la tecnificación de nuestros ejecutivos que toda la formación programada en estos últimos años y a la que tan remisos de asistir son todos los jefes.

Pero un número elevado de nuestros directivos sigue identificando internet con ocio y hasta que no lo vean como una herramienta de trabajo, difícil tenemos la difusión y generalización del trabajo en red, el conocimiento compartido... y todas las ventajas laborales que aportan las herramientas colaborativas.


Blogs, wikis, podcast, RSS, son "palabros" que pueden asustar a cualquiera. Tal vez deberíamos trabajar primero el cambio de valores y las habilidades que debemos desarrollar para asumirlo. Informar, colaborar, compartir... en lugar de competir, es un cambio mucho más fundamental y sobre todo previo, a la asimilación de una nueva tecnología.

No es un tema de edad, sino de flexibilidad, de capacidad de adaptación al cambio, de tolerancia, generosidad, responsabilidad... valores todos ellos asociados a una actitud 2.0.

Así que es fundamental trabajar el cambio de actitudes, la adquisición de la nueva tecnología si se entiende el nuevo paradigma, no debe suponer ningún problema... lo digo por experiencia.


domingo, 9 de enero de 2011

Mujer, autónoma, en plena madurescencia: el futuro es mío

Leo en "Expansión y Empleo" que la actual recesión provocará que se pierda gran parte de una generación que no podrá incorporarse al trabajo. Por otro lado la fuerza laboral será, por estos años sin contratación, una población laboral envejecida.
Así que es previsible que, al contrario de lo que ahora sucede, la experiencia y la madurez serán en breve un valor añadido en un proceso de selección y será más importante retener que contratar.
Actualmente la media de duración de una empresa ronda los cinco años, y algunos dicen que las nuevas generaciones (y las "viejas" también) cambiarán hasta diez veces de compañía. Los "empleos" se convertirán en "proyectos". (Modelo Hollywood: se unen el mejor iluminador, el mejor guionista, el mejor director...y hacen una película, decía Sergio Fernandez)
El desempleo masculino en mercados como el estadounidense se incrementa a un ritmo mucho mayor que el de las mujeres (mancession).
En la Unión Europea las mujeres han ocupado el 75% de los puestos de trabajo creados desde el año 2000.
En Estados Unidos (y me atrevería a extenderlo a todo el primer mundo) la mujer es responsable del 83% de las compras, mantiene el 89% de todas las cuentas bancarias y el 51% de la riqueza personal.
Estudios de la Universidad de Cambridge sugieren que "el estilo transformacional de liderazgo femenino que se enfoca hacia el largo plazo y que construye consenso y colaboración, es el más adecuado para el nuevo escenario posterior a la crisis."
Al parecer reúno todas las características para disfrutar de un futuro brillante.
Y sin embargo... no quiero quejarme y menos después de ver esta pequeña joyita de vídeo que os dejo y que me hace recordar de dónde venimos...



viernes, 7 de enero de 2011

Cuento de Navidad de Auggie Wren

Ahora ya superada la Navidad y todos sus excesos, me tropiezo en mi reader con un post de TERRITORIO CREATIVO que me devuelve una hermosísima historia de Paul Auster "Cuento de Navidad de Auggie Wren" en Smoke. Os lo enlazo en texto y en vídeo, así como la magnífica canción de Tom Waitts que recoge las imágenes del cuento.







El cuento de navidad de Auggie Wren
Paul Auster

Le oí este cuento a Auggie Wren.
Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre.
Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.

Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años.
Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo.
Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren.
Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío.
Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros.
Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida.
A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista.
Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada.
A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso.
Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías.
Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.

Dios sabe qué esperaba yo.
Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente.
En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos.
Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla.
Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista.
El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías.
Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.

Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar.
Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca.
Todas las fotografías eran iguales.
Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes.
No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación.
Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:

- Vas demasiado deprisa.
Nunca lo entenderás si no vas más despacio.

Tenía razón, por supuesto.
Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada.
Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente.
Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones.
Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos).
Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos.
Cogí otro álbum.
Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio.
Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí.
Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto.
Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.

- Mañana y mañana y mañana - murmuró entre dientes -, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.

Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Eso fue hace más de dos mil fotografías.
Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos.
Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.

A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad.
Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría.
En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico.
¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté.
¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad.
Las propias palabras "cuento de Navidad" tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza.
Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así.
Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental?
Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja.
Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.

No conseguía nada.
El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza.
Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre.
Me preguntó cómo estaba.
Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.

- ¿Un cuento de Navidad? - dijo él cuando yo hube terminado.
¿Sólo es eso?
Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca.
Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.

Fuimos a Jack's, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes.
Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.

- Fue en el verano del setenta y dos - dijo.
Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda.
Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético.
Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable.
Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi.
Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar.
Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic.
Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié.
Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

Resultó que era su cartera.
No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías.
Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara.
Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena.
No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él.
Robert Goodwin. Así se llamaba.
Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela.
En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara.
No tuve valor.
Me figuré que probablemente era drogadicto.
Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?

Así que me quedé con la cartera.
De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto.
Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer.
Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes.
Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina.
Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.

La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas.
Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio.
Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio.
Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre.
No pasa nada.
Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme.
Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies.
Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.

- ¿Eres tú, Robert? - dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.

Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.

- Sabía que vendrías, Robert - dice -.
Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.

Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.

Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes?
Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.

- Está bien, abuela Ethel - dij e-.
He vuelto para verte el día de Navidad.

No me preguntes por qué lo hice.
No tengo ni idea.
Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé.
Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.

No llegué a decirle que era su nieto.
No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía.
Sin embargo, no estaba intentando engañarla.
Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas.
Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert.
Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto.
Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.

Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos.
Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa?
Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía.
Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.

- Eso es estupendo, Robert - decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo.
Siempre supe que las cosas te saldrían bien.

Al cabo de un rato, empecé a tener hambre.
No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas.
Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas.
Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente.
Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas.
Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo.
Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro.
Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.

Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras.
De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad.
Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente.
Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí.
Así de sencillo.
Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.

No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca.
Demasiado Chianti, supongo.
Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé.
No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme.
Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui.
Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento.
Y ése es el final de la historia.

- ¿Volviste alguna vez? - le pregunté.

- Una sola - contestó.
Unos tres o cuatro meses después.
Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún.
Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí.
No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.

- Probablemente había muerto.

- Sí, probablemente.

- Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.

- Supongo que sí.
Nunca se me había ocurrido pensarlo.

- Fue una buena obra, Auggie.
Hiciste algo muy bonito por ella.

- Le mentí y luego le robé.
No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.

- La hiciste feliz.
Y además la cámara era robada.
No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.

- Todo por el arte, ¿eh, Paul?

- Yo no diría eso.
Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.

- Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?

- Sí - dije -.
Supongo que sí.

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara.
Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia.
Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría.
Me había embaucado, y eso era lo único que importaba.
Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.

- Eres un as, Auggie - dije -.
Gracias por ayudarme.

- Siempre que quieras - contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos.
Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?

- Supongo que estoy en deuda contigo.

- No, no.
Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.

- Excepto el almuerzo.

- Eso es.
Excepto el almuerzo.

Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.



 
texto: Smoke & Blue in the face,
Paul Auster

Editorial Anagrama

jueves, 6 de enero de 2011

Tendencias 2011 Internet

Revisando qué me ha llamado la atención estas últimas semanas en mi lector de rss he intentado este resumen de por dónde creo que irán las cosas en Internet....

miércoles, 5 de enero de 2011

Una biblioteca junto al mar

Queridos Reyes Magos,

Un año más comienza una nueva historia y necesito para esta travesía algunos favorcitos que, como me he portado tan requetebién este año, no dudo que me otorgaréis.
Como cada año, ya sé que tampoco éste me haréis caso, me encantaría que me trajeseis una biblioteca junto al mar, a ser posible en el Baix Empordà, en el Camí de Ronda entre Calella y Llafranch.

Difícil lo veo... me conformo con la promesa de que el 2011 me traiga lecturas apasionantes, miradas inteligentes, risas compartidas.

¿Y si en lugar de una biblioteca junto al mar fuese por fin mi viaje a la China, o a Brasil, o a EEUU? Tampoco me importaría conocer Sudafrica, Australia, Argentina, Chile...



Aunque en realidad lo que de verdad quiero es tiempo, ese sí es un buen regalo: tiempo para leer, viajar, charlar, pasear...

Sea lo que sea... queridos Reyes... acordaros de mi, porque la verdad, durante el 2010 me habéis tenido algo abandonada.



martes, 4 de enero de 2011

El lago helado


TODO ME MODIFICA. NADA ME CAMBIA. Salvador Dalí

El frío estimula. El frío encoge. Pareciera que a todo hay que echarle el doble de arrojo... El frío activa. El frío concentra. El frío aísla. No necesito a nadie. No necesito nada. Días de frío en el alma. Qué solos estamos.

Indefensa frente a mí misma. Me persiguen fantasmas que vienen desde la infancia y que se levantan de la cama conmigo cada mañana.
Todo lo que en su día idealicé se ha vuelto en mi contra y lo que me atrajo entonces, me repugna ahora.

En el frío siento uno a uno todos los desprecios, cada humillación y me asaltan todos los viejos miedos.

En el fondo del pozo es mucho más sencillo remontar...

Vuelvo a Barcelona y me lleno de gestos cotidianos que me devuelven la respiración pausada y la sonrisa de la tranquilidad confiada.

Mañana todo volverá a su cauce habitual, pero esta noche me sumerjo intensamente en las conversaciones mantenidas, las lágrimas enjuagadas y el miedo a vivr.