viernes, 31 de agosto de 2012

Entrevista a Nina Martí: De Geisha a Amazona para "La revolución Madurescente"


Nina Martí: De Geisha a Amazona
Tutorial de sopa de cebolla en Youtube




Nina es amiga mía desde la infancia. Durante muchos años veraneamos en el mismo pueblo, Cardedeu, en la falda del Montseny.

Como me ha sucedido con otras amigas de infancia, hemos pasado más de treinta años sin vernos y de repente, Facebook la trajo de nuevo a mi presente, primero con la consabida y típica cena de reencuentro de las amigas del veraneo o del colegio y luego, lentamente retomando, donde la dejamos, nuestra amistad hecha de complicidad y cariño y de aquello que en la infancia une para siempre: los juegos.

En el momento del reencuentro su vida acababa de dar un vuelco total. Recién divorciada, iniciaba el tortuoso camino que pasa primero por la sanación personal, y más adelante por la reinvención de la nueva Nina.

La entrevista que sigue se desarrolló en mi casa, una sofocante tarde de sábado del mes de agosto, en la única tarde libre de su actual apretada semana. Pero es también la síntesis de muchísimas horas compartidas durante estos tres últimos años.

Laura - Hablemos de “madurescencia”, Nina, de ese momento de la vida madura no precisamente de paz y tranquilidad, sino todo lo contrario, el momento de la revolución interior, el cambio...  Tú y yo nos hemos reencontrado en esa época de transformación y además a través de Facebook...

Nina - Es curioso. A lo largo de los años vas perdiendo el contacto con algunas personas. Durante mi vida de casada, hasta hace cuatro días, las relaciones eran compartidas, sacrificas ciertas relaciones tuyas particulares en aras de las compartidas con tu pareja. Hay personas que van quedando por el camino. También he dejado de ver a gente a raíz de una separación de parejas amigas que casi te obligan a tomar partido y acabas perdiéndoles la pista.
Y llega la “madurescencia” y, tú eres un caso evidente, recuperas a algunas personas que desaparecieron de tu vida. Tal como marca la moda de Facebook, yo quise recuperar a los amigos del colegio, quise recuperar la juventud perdida, por eso creo que es un síntoma de que has entrado en la crisis de la “madurescencia”. Por supuesto, no la he recuperado, he incluido dos o tres teléfonos en mi agenda a los que no llamo, pero nada más, porque si nos hemos pasado casi 40 años sin vernos con los compañeros del colegio, debe ser por algo, ¿no?. Al principio cuando entras en Facebook, los encuentras, quedas... es bonito.

L - La memoria es curiosa. Por ejemplo, cada uno de los compañeros de colegio guarda un recuerdo diferente de la misma historia y a menudo, ni siquiera compartimos para recordar las mismas historias. No coinciden las vivencias, porque cada uno de nosotros las ha reelaborado cincuenta veces.

N - Fíjate que me he reencontrado con compañeros de clase que me recordaban mucho más a mí que yo a ellos. Y eso demuestra que, por mi parte, en aquellas época, yo no prestaba demasiada atención.

L - Tú eras muy vistosa de joven.

N - Sí, yo a los 16 años era muy mona y ahora... ¡Dios Mío! ¡qué triste la evolución física!
Aunque no se trata sólo de un tema físico. Yo ahora noto alegría, ilusión por parte de los demás, al verme de nuevo, así que supongo que guardan buen recuerdo de mí, en cambio mi recuerdo de mí misma en aquellas épocas no es muy bueno, no me valoro demasiado en mi juventud.

L - Otra cosa típica de la crisis madurescente viene provocada porque no es cierto que la evolución física se produzca lentamente, se produce de golpe. Un día te miras al espejo y te dices: ... ésta, ¿quién es? ¿Recuerdas la primera vez que te miraste al espejo y no te reconociste?

N -  No creo que haya un antes y un después, primero vas madurando físicamente y luego envejeces pero es que además me reconozco sin ninguna duda, otra cosa es que me encante lo que veo. En mi caso, lo que no me gusta son los kilos de más. No me afectan las arrugas, ni las canas, en mi caso es que me veo como una bola. En mi pensamiento la evolución física que tu citas arriba si que se produce lentamente, yo no he sentido nunca que haya una parte joven y, de repente, soy mayor. No, soy la misma Nina que se va haciendo mayor. Es una progresión. Tengo arrugas, tengo canas, tengo michelines, pero soy yo.
Ya no tengo lo mismo que tenía en mi cabeza cuando era pequeña. Estoy saliendo de un proceso de cambio muy profundo e intenso que tiene que ver con mi separación después de haber celebrado las bodas de plata de mi matrimonio. Esto es realmente revolucionario. 

No recuerdo con excesiva bondad a la persona que fui, prefiero a la persona que soy ahora. No me gustaba mi carácter, ni mi falta de reflexión, el dejarme guiar por impulsos. Era muy buena en el trabajo, muy seria, muy responsable, pero como persona soy mejor ahora.

Como madre  hice lo que pude, hasta en eso se nota la madurez. Mis hijos se llevan seis años y si el primero supuso para mí un continuo ataque de nervios, disfruté mucho la crianza de mi hija, porque estaba más serena.

L - ¿Tu separación coincidió con la menopausia?

N - Sí, pero creo que no afectó para nada. La menopausia tal vez me ha vuelto un poco más llorona, un poco más emotiva.

L - Es curioso, en mi caso sucede al revés, creo que me he secado, yo era muy llorona de joven y ahora sólo lloro con las películas sentimentales de la tele, vaya, emociones superficiales...

N - Yo era una llorona superficial, pero ahora me emociono mucho. Creo que tengo algo más de dulzura. No sé si me engaño a mí misma.

L - Otro momento importante al analizar cuando comienza la crisis de la “madurescencia” suele tener que ver con la muerte de tus padres. Suele coincidir o la provoca, porque tus padres fallecen alrededor de tus 50 años.

N - Yo no tuve mucha sensación de orfandad porque mi madre pasó 5 años después de un ictus que la dejó hecha una pena y era una persona joven, tenía 60 años.

L - Fíjate que decimos que una persona es joven a los 60 años, cómo ha cambiado la visión de “anciano”, “tercera edad”, “viejo”...

N - Sí, y más ahora que yo trabajo con ancianos de verdad, de más de 80 años. Mi madre no se hizo mayor, ahora me doy cuenta de que no era una “vieja”, no lo era. Al haber sufrido el ictus y haber quedado tan limitada, cuando murió sentimos una liberación, porque esa enfermedad sí que me destrozó a mí psicológicamente. 

Y luego, mi padre, que falleció tres meses después. La muerte de mi padre sí que me disgustó mucho, porque en mi familia pensamos: Vamos a disfrutarlo ahora que ha muerto mamá y no tiene que ocuparse de ella. No pudimos disfrutarlo.

Pero en el fondo, tal como estamos ahora, “con la que está cayendo” tal como dicen, pienso que una suerte que no estén...

L - Ahora nuestros padres lo pasarían muy mal. Lo digo a menudo: Menos mal que mi padre no tiene que ver esto, o que mi madre no tiene que pasar por esto otro. En el fondo nuestros padres vivieron una época de permanente ascenso, de ir a más y yo creo que hubieran vivido fatal una recesión en su vejez. Nosotras ya lo llevamos mal..., ¡imagínate ellos!

N - Tuvieron una jubilación holgada, sin ninguna carencia. Ahora sufriríamos por ellos. Si mi padre estuviera vivo tendría la edad de una de las mujeres que cuido: 90 años y, claro, no sé en qué condiciones hubiera llegado, ni físicas, ni económicas.

Mi madre se fue antes de lo que le tocaba. Las madres de mis amigas están cumpliendo ahora 80 años y hoy en día están todas enteras, están bien de salud más o menos. A mí todavía pensar en eso me da rabia. A mi madre le tocaría estar aquí y estar bien.

L - El ver a las madres de tus amigas tan estupendas a los 80, ¿no te hace sospechar que a nosotras nos quedan muchos años por delante de vida activa?

N - Pues sí, por lo menos nos quedan, si hay suerte, 30 años más. Eso nos diferencia en cuanto a nuestra planificación vital de nuestras madres una barbaridad.

L - Cuando mi madre tenía mi edad, ya hablaba de jubilación.

N - Y te digo más, mi abuela, la “yaya”, que tú conociste bien, enviudó a los 50 años, o sea, más joven de lo que soy yo ahora y no tuvo la más mínima duda: se fue a vivir a casa de su hija, mi madre, se vistió de negro y se quedó allí a cuidar a sus nietos. Realmente han cambiado las cosas, pero no sé cómo, en qué condiciones llegaremos tú y yo a los 80, si llegamos. Será diferente que mi abuela, seguro.

L - Lo que está claro es que, directa o indirectamente, tú y yo vamos a vivir de eso. Somos una generación numerosísima, con buena salud, en general, gracias a la alimentación que hemos tenido y a los avances de la medicina y, es que es una incógnita en este momento, cómo será la vida de un octogenario saludable, hasta ahora nos moríamos antes, ahora tenemos la primera generación masiva de octogenarios con buena salud, habrá que ver cuáles serán nuestras necesidades y requerimientos y nuestra capacidad adquisitiva.

N - Tendremos que aportar riqueza y es nuestra obligación transmitir nuestra experiencia.

L - ¿Los jóvenes dejarán de estar de moda? La segunda mitad del siglo XX fue de los jóvenes. Pero en el siglo XXI, serán valorados por escasos, porque este siglo es el siglo de los mayores, seremos, somos, cada vez más.

N - Me gusta la idea de volver a valorar la voz de la experiencia, del jefe de la tribu. Claro que en épocas pasadas también tenía que ver con la escasez, pocos llegaban a la vejez, no sé que pueda pasar cuando seamos mayoría.
Porque las octogenarias de ahora, las de la generación de nuestras madres, tienen poca vida activa, poca vida social productiva, pero a nosotras nos va a tocar trabajar hasta la vejez.

L -  Ya empieza a haber mujeres y hombres muy mayores y muy activos, ¡mira los yayoflautas!

N - La persona a la que cuido me decía el otro día: Ésta es una señora mayor, tiene más de 50 años, y yo le contesté: ¡Toma, como yo! y ella me respondió: No, ¡usted es diferente, porque usted “hace cosas”!. Esto dicho por una mujer de 90 años es significativo de que algo está cambiando. Mira cómo lo nota, lo intuye: Usted es diferente.

L - Algo está cambiando. En mi colegio, yo fui a un colegio de monjas al que sólo íbamos niñas, debimos ir a la Universidad una cuarta parte de mi clase. Esto ha cambiado radicalmente en una generación. La Universidad es mayoritariamente femenina. Todo lo que tiene que ver con la incorporación de la mujer a la sociedad activa, ha sufrido un vuelco en poquísimos años.

N - Está claro. Y no hay vuelta atrás. Y es una de las cosas que está afectando socialmente, está cambiando las costumbres.

L - El paro en EEUU está afectando más a los hombres que a las mujeres. Las mujeres no hacemos ascos a trabajos a tiempo parcial o que tienen poco o nada que ver con nuestra especialidad profesional, no nos engañemos.

Pasando a otro tema, Nina, ¿piensas en la muerte?

N - ¿En la mía? No demasiado. Por una parte no quiero pensar, no me toca, por estadística. Lo que si pienso es que no me gustaría pasar una larga enfermedad. Pienso más en el dolor que en la muerte. Tienes más conciencia de que el cuerpo es mortal, eso sí: la piel no es la misma de hace veinte años, ni la vista, el oído..., no sigo.

L  - ¿Existe un momento bisagra en tu vida, un punto de inflexión?

N - Estoy en mi momento bisagra. Por dos motivos: mi divorcio y la crisis económica. Se han dado a la vez y han precipitado el cambio, la revolución personal.

L - En tu caso, Nina, me interesa mucho saber cómo decidiste cambiar de mundo, de “oficio”. Durante muchos años te has movido alrededor de un despacho, como secretaria o como administrativa, ¿por qué decidiste es te cambio a lo asistencial?

N - No lo sé. Los acontecimientos me fueron llevarlo hacia allí casi sin notarlo. Desde que me separé, le daba vueltas a estudiar sobre el Alzheimer, el envejecimiento, las personas mayores. Siento la necesidad de ayudar, de cuidar, de humanizarme. No hay un acontecimiento, una luz, una revelación, pero hay “algo” que me va conduciendo hacia allí. 

En un margen de tres años he intentado repetidamente hasta conseguirlo, formarme en estos temas. En el primer intento, no quedaban plazas, o no me admitieron. Aplacé la decisión, pero volví a la carga en cuanto tuve la oportunidad.

Bienvenida sea la formación siempre, aunque no te consiga trabajo inmediatamente, no hay que dejar nunca de formarse porque es la llave de la ocupación.

Seguramente seguí mi intuición... supe que tenía que ir hacia allí, estudiar eso.

Me cuesta muchísimo menos que antes estudiar. Es más intenso, lo disfrutas mucho más, le tienes que dedicar muchas más horas, pero todo tu ser se abre al nuevo conocimiento, cosa que los quince años es materialmente imposible.

Además crece tu aprecio por ti misma, por ser capaz de ese esfuerzo, es enriquecedor, es positivo, es fundamental no dejar de estudiar.

L - Y si hablamos de aprendizaje, Internet lo ha revolucionado todo. El acceso a la información no tiene nada que ver con el que teníamos a los 18 años.

N - Mira que tontería: Quería hacer una sopa de cebolla y mi primer pensamiento fue buscar un tutorial en YouTube. Paso a paso... la sopa de cebolla... una maravilla.

L - ¿Cuál es tu relación con las redes sociales, han cambiado tu vida?

N - La vida no creo que me la hayan cambiado, pero me la enriquece, me aportan conocimiento e intensidad de relaciones.

Ayer, paseando por Barcelona comuniqué a “no se sabe quién”, qué estaba haciendo y dónde, tres o cuatro veces a través de Foursquare. La verdad es que cuando lo hago pienso en personas concretas pero en realidad lo compartes con el mundo: “Que sepan que estoy en la plaça del Diamant en las fiestas de Gracia.” ¡Me encanta!

Me reafirma, me da protagonismo, en el fondo te lo dices a ti misma, que no estás aburrida en casa, estás disfrutando de tu ciudad.

Me confunde y me extraña que algunos seamos tan partidarios de compartir en las redes sociales y en otros provoque un rechazo tan radical. Es un miedo irracional a lo desconocido de muchos miembros de nuestra generación y de generaciones más jóvenes, no es una cuestión de edad.

Hay que respetar a todo el mundo, pero no saben lo que se pierden. Además esta gente que despotrica de Internet es a la que le encanta mirar y cotillear en Facebook.

L - Esto que ahora es un juego en el que con más o menos intensidad estamos entrando todos, será en breve una forma imprescindible de relacionarse. Necesitaremos para nuestro desarrollo profesional y personal ese espacio en el que no hay ni distancias ni tiempos.

N - Yo ya soy una “colona” digital. Me encanta. Y cada día más forma parte de mi vida cotidiana.

L - Hay maneras muy diferentes de utilizar las redes sociales entre generaciones. Parece que la nuestra la utiliza de una forma más reflexiva: una frase célebre, un artículo del periódico, un post de un blog interesante. Parece que los jóvenes “hablan” más, se relacionan más.

L - ¿cómo te ves a ti misma dentro de cinco años, hacia los 60?

N - ¡Uf, es que son “los 60”! En todo caso es cómo me gustaría verme. Me gustaría a los 60 tener consolidada y estable mi posición profesional (¡qué curioso empezar pasados los 50) Ahora estoy en crisis. Me veo dedicándome a lo que ahora me dedico, a la asistencia a personas mayores, de forma más reposada, más profesional, menos de “aprendiz” y con más tiempo para mí.

Me veo más organizando el trabajo de otros que cuidando directamente a personas mayores. Creo que la profesión que he elegido tiene mucho futuro.Lo que ocurre es que ahora estoy probándome a mí misma, todavía estoy aprendiendo. No podremos dejar de aprender, es el signo de los tiempos. Me doy un plazo de un año para dar el salto a la gestión, pero primero tengo que despejar todas mis incertidumbres, sobre todo las económicas, necesito algo de capital para dar ese salto.

No me importa emigrar si es necesario. En eso sí que he cambiado, antes no me hubiera movido de mi comarca y ahora... En eso influye mucho que ahora somos “singles”, no tenemos ataduras.

L - ¿Te ves de nuevo con pareja dentro de cinco años?

N - Ni en broma. Tajante. Ni en broma. He estado en pareja muchos años, más años que sin, ahora toca otra cosa. En mi caso, no sé por qué, es lo que el cuerpo me pide. Ni en broma en pareja.

Y si pienso en la relación con mis hijos, ya son lo suficientemente mayores como para que no dependa de mí, sino de ellos. Depende de ellos dónde decidan residir, o de las parejas que tengan. Lo que está claro es que en un futuro la relación con mis hijos no será como la que yo tuve con mis padres. Espero que sea una buena relación y sobre todo que no me necesiten.

Mi lema, mi objetivo es hoy por hoy: “No quiero ser una amargada” Superar la madurescencia es dejar de mirar atrás y construir, construir. Nos quedan muchos años por vivir y no pueden ser malos. Abierta a todo, sobre todo. 

Barcelona, 18 de agosto de 2012

jueves, 30 de agosto de 2012

martes, 28 de agosto de 2012

Soy babyboomer: toda una vida de pequeñas revoluciones y sigo...



Soy de la generación del babyboom. Nací en una posguerra pero he vivido uno de los períodos de bienestar y desarrollo más largos que la humanidad recuerda. 

Era una niña cuando el hombre pisó la luna y estaba en la cumbre de mi carrera profesional cuando cayó el muro de Berlín.

Fui feminista porque no podía abrir cuenta en un banco, ni alquilar un piso sin el consentimiento de mi padre o mi marido. 

No pude votar en las primeras elecciones democráticas de mi país porque entonces no tenía 21 años.

Viví con alegría y entusiasmo la explosión de la libertad sexual y el progresivo aumento del respeto por los homosexuales.

Vi como la educación se convertía en obligatoria hasta erradicar el analfabetismo.

La democracia trajo el estado laico y con él la evolución social y cultural hacia espacios más tolerantes y globalizados. Viví apasionadamente la desaparición de las fronteras en la Union Europea.

He tenido varias parejas y diferentes modelos de convivencia. Aproveché la implantación del divorcio y considero que he colaborado con mi propia experiencia y mi pequeña aportación, a la transformación radical de la idea de familia, pareja, convivencia... y sigo evolucionando hacia lo que serán los nuevos espacios compartidos en lo personal, lo laboral, lo social...

Me incorporé muy pronto al mundo laboral porque valoraba muy mucho mi independencia y autosuficiencia: mi libertad. 

Trabajé con máquinas de escribir, teléfonos analógicos y me incorporé al mundo digital a través de un ordenador con un procesador 386 que funcionaba con disquetes de 3 1/2, pero he evolucionado en paralelo al desarrollo de Internet sin problemas.

Pasé el sarampión del chat, sufrí decepciones presenciales después de apasionadas sesiones virtuales que confirman la intensidad de la palabra escrita  y la pobreza de nuestra gestualidad.

Estoy pues hecha a los cambios. Soy el cambio. Y no sólo vivo con alegría la revolución de la sociedad de la información y la comunicación, sino que soy parte activa de esta revolución.

De la revolución de los tiempos de redes, del trabajo colaborativo y la cocreación, de la inteligencia global y la realidad aumentada, de las smart cities y las redes sociales.

Estamos conectados. Los babyboomers estamos cambiando el mundo. Déjanos trabajar.


La Revolución Madurescente







lunes, 27 de agosto de 2012

Aprendizaje madurescente: Alfabetización digital y madurez profesional

¿Por qué es importante conocer y participar en las redes sociales tengas la edad que tengas?

La rápida expansión de las TIC hace fundamental la alfabetización digital como requisito para el trabajo. La brecha digital afecta a todas las edades pero especialmente a la población activa de más edad.

La necesidad del aprendizaje de habilidades TIC es urgente cuando el conocimiento y las habilidades necesarias para desarrollar tu trabajo evolucionan con rapidez.

Hasta ahora era general la creencia cultural de que la formación es rentable si se dirige a los jóvenes, pero en un momento en que la vida laboral se alarga, y que estamos asistiendo al envejecimiento acelerado de los trabajadores, es igualmente imprescindible desarrollar planes de formación TIC para trabajadores senior.

El aprendizaje permanente no sólo debe producirse puntualmente para actualizar conocimientos y habilidades, es igualmente importante para mantener el "hábito" de aprender, fundamental para no envejecer mentalmente. Mantener la motivación para aprender, porque la capacidad de aprender no disminuye con la edad, sino con la falta de práctica de estudio, análisis, reflexión, conversación...


Para mantener la contribución intelectual de los trabajadores de edad a su organización, hay que mantener constante la capacitación y el aprendizaje, hay que promover espacios de transferencia del conocimiento tácito y de intercambio de conocimiento explícito.

Es fundamental para conseguir esto, mejorar los procesos de transferencia de información, mejorar la comunicación interna. El éxito de la organización se basa en este momento en la rapidez con que la información se mueve a través de la estructura organizativa y la capacidad de combinar diferentes tipos de conocimiento.

Las TIC han aumentado considerablemente las posibilidades de comunicación porque reducen las limitaciones de espacio y tiempo y permiten a las personas el intercambio de información sin estar de forma síncrona en la conversación.

Las organizaciones deben invertir en mejorar los sistemas de comunicación asíncrona e intergeneracional para poder construir la inteligencia colectiva de la empresa y mantener actualizado el conocimiento interno.



Sobre la importancia de la alfabetización digital de los trabajadores maduros, quiero citar fragmentos del estudio de la Fundación Telefónica "Alfabetización digital y competencias informacionales" de junio de 2012.

"La complejidad y el cambio son los rasgos que mejor definen el tiempo actual. Por ello, la educación o formación no puede ser reducida o acotada a una etapa concreta de la vida de un sujeto. Por el contrario, la formación tiene que ser permanente, continua, a lo largo de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte de cada sujeto."

Y en el mismo estudio, citando a E. Morin y su libro "Los siete saberes necesarios para la educación del futuro":

"En un mundo complejo y en permanente mutación, tendrán mayores posibilidades de éxito aquellos sujetos que manifiesten una actitud favorable hacia la adaptación a los cambios y que dispongan de las competencias y conocimientos necesarios para resolver situaciones problemáticas."

Y volviendo al estudio de la Fundación Telefónica:

"(...) Uno de los retos de la alfabetización digital es formar, cualificar a los sujetos como usuarios inteligentes de la información (...) para expresar sus propias ideas y argumentaciones, para realizar juicios éticos y seguir aprendiendo a lo largo de toda su vida.

La tecnología digital, por su naturaleza, está en constante cambio y transformación, generando nuevas formas expresivas y de comunicación, lo que exige un permanente proceso de autoaprendizaje de cada individuo para no quedarse aislado y ajeno a estas transformaciones culturales.
(...)

Sin educación no habrá cultura democrática en las prácticas colectivas de uso de la tecnología."







Se acaba el verano, empieza el año



Escucha, tengo algo que decirte,
poco importante, insignificante...

Si el insecto pudiera volver a su larva,
Si volviéramos al paraíso amniótico,
Si recobráramos los dientes de leche...

Reinventarse, rehacerse, recrearse, soltarse, arrojarse, olvidar, desaprender, sanar, concebirse, perdonar, calmar, empezar... nacer de nuevo

domingo, 26 de agosto de 2012

Rompiendo la crisálida. Crisis... ¿qué crisis?

Desde que soy autónoma el concepto "vacaciones" se ha difuminado hasta convertirse en algo que les sucede a los que tienen una nómina. 

Yo ahora viajo, descanso, busco paisajes y personas nuevas, pero no hago vacaciones.

Cambiar de mar, de aire y de tierra enriquece y permite desechar células y neuronas muertas y construir nuevas sinapsis.

Huyendo del calor de este verano abrasador, he viajado con mi amiga Marta hasta la Marina de Cuyedo, frente a Santander con la playa de Somo frente al hotel y todo el Cantábrico ante mis ojos. 

Barco en lugar de autobús, paseos por la playa en lugar de tostarse tumbado al sol, y acoplarse al ritmo de las mareas, ...en el Norte se vive el mar y la playa de una manera totalmente diferente al Mediterráneo.

Y en un día de calma nos hemos llegado con la bajamar hasta una playa inmensa, una enorme lengua de arena, con la orilla plateada y el mar quieto como un plato y acerado. Se presta a la conversación reposada, a la reflexión pausada.

Eso es lo que hace la gente en la playa, conversar con los pies en el agua y la mirada puesta en el horizonte que aquí parece que está lejos, muy lejos...

El mar Cantábrico es un lugar de trabajo y observamos el trasiego de mercantes y pesqueros entrando y saliendo de la bahía.



Y hemos charlado Marta y yo de todas las expectativas, las ilusiones, las esperanzas puestas en el próximo otoño, después de este tiempo "crisálida" que supone el mes de agosto, madurescentes a punto de vuelo de renovación. 

Y es que cansa estar a la espera de que cambien las tornas, de que se invierta la tendencia y llega un punto en que no puedes retenerte más y necesitas tomar las riendas de tu vida aunque todos los indicadores sociales y económicos indiquen "recesión". 

Ni Marta ni yo estamos "recesivas", si es que la palabra existe, sino "expansivas". Y no importa darle la vuelta al calcetín y reinventar oficio y competencias, porque lo que queremos es seguir avanzando, creciendo, descubriendo nuevos horizontes, nuevas habilidades que teníamos escondidas porque la vida no siempre te lleva por el camino de lo que te es más placentero, más fácil.

Se acabó el tiempo de pensar y repensar "qué quiero ser de mayor" mientras ocupo mis días en trabajos que me son ajenos y que acabo dominando por mera repetición. Ahora toca crear, toca expresar, toca dar aquello que hacemos tan bien, aquello que traduce lo más auténtico de nuestro ser. 

Y, paseando por la playa, hablábamos de lo largo que se nos ha hecho este tiempo en "crisálida", con los sofocos y tristezas de la menopausia envolviendo nuestro presente, con la angustia que provoca el precipicio desconocido que ha abierto el cambio de ciclo, el cambio de era, con la tortura constante de los mensajes institucionales que nos han llenado de pánico al futuro, para hacernos obedientes, dóciles, manejables.

Y hasta aquí hemos llegado... rompemos la crisálida y con el fresco aire marítimo del Cantábrico comenzamos nuestro "año uno" de La Revolución Madurescente.






viernes, 24 de agosto de 2012

Cae la noche en Santander

Se acaba mi semana cántabra. Vuelvo al este y a mi batalla madurescente. La pausa ha sido inspiradora. Paseando por Santander descubro en una exposición de fotografías y otras obras de Ouka Leele el siguiente poema que contiene mi estado de ánimo de hoy.


Hay noches

Hay noches en que la sensación de extenuación
Me lleva al espíritu
Allí quiero el origen que me crea
La vida en la muerte encuentro
En la nada, en el no soy
Y aunque yo soy dicen que es importante
Encuentro en la nada, el vacío más austero,
Una secreta alegría
Que acompasa mi pecho con la respiración
Del amor que todo comprende
Y nada pide más que sentirse sintiéndolo
En eso estoy en estas noches en que la luna se aleja
Y presiento el negro profundo
Y se escucha el rozar oscuro de sus alas
Trayendo el silencio
Amado silencio, creador de todo lo nuevo
Latens deitas

Ouka Leele 15 de marzo de 2012


martes, 21 de agosto de 2012

Madurescentes frente al Cantábrico

Huyendo del calor, escribo desde la Marina de Cuyedo, frente a Santander.

Durante el viaje he hablado con Marta hasta la saciedad de todas las expectativas, las ilusiones, las esperanzas puestas en el próximo otoño, después del tiempo en crisálida que supone el mes de agosto.
Madurescentes a punto del vuelo de renovación.

Hemos repasado síntomas y temores, desde la tristeza y el malestar que provoca la menopausia, hasta el amor a una misma que provoca la experiencia vivida.





En el Norte se vive la playa de una manera totalmente diferente del Mediterráneo. Mientras paseamos por la península de la Magdalena en Santander observamos qu hay pocas toallas extendidas en la arena y que la mayor parte de los bañistas están de pie o paseando por la orilla del mar. Hemos    llegado junto al Sardinero con la bajamar y está la orilla plateada y el mar quieto como un plato y de 
color acero. Se presta a la conversación reposada, a la refexión pausada. 

Y eso es lo que hace la gente en la playa, conversar con la mirada puesta en el horizonte que aquí parece que está lejos, muy lejos.

Y el mar es en el Cantábrico un espacio de trabajo, es importante el trasiego de mercantes y pesqueros hoy que hace tan buena mar... Y la conversación fluye in dificultad.

Ante las mansiones santanderinas, nos viene a la cabeza el futuro que nos espera en el que tendremos que compartir más. Seguramente será una buena experiencia si acertamos con los compañeros de viaje, pero está claro que tendremos que compartir casa, coche, espacio de trabajo. Está claro que muchos de los babyboomers no viviremos en familia, ni en pareja, sino que tendremos que reinventar las comunas de los años 70, seguramente con normas y asistencia sanitaria, pero huyendo de residencias y hospitales  y compartiendo cocina y medicamentos... ¿Será esta conversación porque Santander está llena de ancianos en plena forma?

Rematamos la tarde con un baño en la playa de Somo, ha subido la marea y el oleaje..., una delicia 






sábado, 18 de agosto de 2012

Aprendizaje en agosto

Está la ciudad en silencio en lo más profundo del mes de agosto, sábado 18.  

Puedo oír casi los pensamientos de los cuatro que hemos quedado en este edificio, en esta calle, en este barrio, pero me acompañan todos los fantasmas de esta temporada que acabó (el año empieza en septiembre, es obvio) y que han entrado en mi vida, han dejado un poso que ahora paladeo y algunos de ellos se han ido casi sin notarlo.

Aprendemos gracias al lenguaje y a la imitación. Aprendemos porque conversamos y porque cada uno de los actos de las personas que nos rodean dejan una huella en nuestro cerebro, impactan en nuestras neuronas espejo e incorporamos sus experiencias a nuestra historia vital.

Nuestro primer aprendizaje fue aprender a imitar y de ahí surgió esa capacidad humana de ponerse en la piel de otro, de "comprender". Y a medida que pasa el tiempo podemos comprender a casi todo el mundo, incorporar a nuestra historia a amigos y enemigos de los que copio frases, actitudes, posturas, gestos, porque eso es la "cultura", esa forma de apropiarse de las historias de los otros.

Y cuando escribo, parece que siempre es a través de las palabras de otro al que leí, al que oí o al que imaginé en una conversación que nunca acaba, en ese rumor permanente que hay en mi cabeza compuesto por todas las palabras que no se lleva el viento, sino que atesoro en ese arcón de los recuerdos y del que voy sacando cada una de las frases que acabarán componiendo "La Revolución Madurescente"


viernes, 17 de agosto de 2012

De Gheisas a Amazonas: mujeres madurescentes conectadas


Mujeres madurescente a las que la recesión ha hecho un gran favor. Ponerlas en la palestra y forzarlas a transformarse de gheisa en amazona.

Estaba latente esa rebeldía, pero nuestra cultura ancestral rechaza a las brujas desde tiempos inmemoriales.

Mujeres solas, entre equilibristas y magas, apretando mandíbulas y puños, mirando al frente y aprendiendo a aprender.

Y cuando esto sucede, las mujeres buscamos a otras mujeres y en "akelarre" , conjuramos todos los males y levantamos el vuelo.

Ya no llevamos una escoba entre las piernas, nos basta con un smartphone y la energía que brota de los espíritus renovados, de las situaciones límite que nos transforman en heroínas de nuestra propia historia.

Y cada día se suben al carro más mujeres que asoman curiosas a Twitter y comparten lo que ven, lo que oyen, lo que saben... con generosidad extrema. Mi #FF para todas ellas: mujeres conectadas.

martes, 14 de agosto de 2012

De la "adolescencia" a la "madurescencia": Somos legión

El término "adolescente" hace pocas décadas que existe. Antes de las primeras décadas del siglo XX, se pasaba de la niñez a la juventud y de ahí a la edad adulta sin etapas en las que se "adolece" de algo, en la que se vive en un estadio incompleto, de persona en espera, en preparación para asumir los roles de adulto.

En 1983 la ONU definió como jóvenes a todas aquellas personas que tienen entre 15 y 24 años (adolescentes de 13 a 19 y jóvenes adultos de 20 a 24), pero es obvio que la edad como criterio es insuficiente, porque no tiene en cuenta el contexto en el que se desarrollan los individuos y si tal vez estas franjas de edad son válidas para sociedades rurales, no lo es en grandes ciudades donde la "inmadurez" podemos decir que casi se alarga hasta la vejez, estamos en estado Beta permanente, en construcción, en permanente aprendizaje.

La crisis en el empleo y las dificultades para acceder al mundo laboral han prolongado enormemente ese período llamado juventud y ha ido evolucionando hasta este momento en el que pasamos de la juventud a la senectud sin solución de continuidad y no nos sorprendemos cuando alguien afirma que fulanito ha fallecido muy joven a los setenta y pico años.

Según la "Muestra continua de Vidas Laborales" del Ministerio de Trabajo e Inmigración (en datos recogidos por J. Ignacio Conde-Ruiz y Clara I. González), la edad media de incorporación al mercado laboral se ha retrasado en España casi 10 años. Así, alrededor de los años 50 del siglo pasado estaba en los 18 años mientras que en el 2005 se sitúa alrededor de los 28 años y subiendo.


Los individuos han aumentado los años dedicados al estudio, han pospuesto decisiones como el matrimonio o la llegada del primer hijo y consecuentemente se alarga el período de "inmadurez".

Por otro lado, aunque la edad de jubilación esté fijada en los 65 años, la edad efectiva de jubilación está por debajo de la edad legal, tanto en España como en los países de la OCDE (¡increíble!) y si en 1965 la edad media de jubilación en España era de 69,4 años para los hombres y 71,9 para las mujeres, en el 2007 se ha adelantado unos ocho años (61,4 para los hombres, 63,1 para las mujeres). Y aunque sabemos que esta tendencia está cambiando, en general es cierto que las personas se incorporan más tarde al mundo laboral y se jubilan antes que hace 50 años. 

Si a todo esto le añadimos un incremento espectacular en la esperanza de vida (de +6 años entre 1960 y 2007) y una previsión de hasta el 90% de los españoles que alcanzan los 65 años, trabajamos unos 15 años menos que nuestros abuelos aunque disfrutemos de mejor estado de salud. Parece evidente que con estas cifras urge alargar también la vida laboral sino queremos tener un serio conflicto e nuestro sistema de pensiones.


Pero no se trata sólo de un problema económico o productivo. Esta nueva realidad demográfica tiene que ir acompañada de importantes cambios en cada uno de los ciclos vitales de los individuos.

Estos profundos cambios demográficos a los que se une una importante baja en la tasa de fecundidad en España, hacen que emerja un nuevo grupo demográfico, desconocido hasta hace muy poco: los madurescentes que en mucho mejores condiciones de salud y de preparación que sus antecesores a su edad, si es que pudieron alcanzarla, pueden replantearse perfectamente su realidad laboral, familiar, personal, su trayectoria vital, en fin, y superado el "tránsito", esa segunda adolescencia, iniciar un proyecto vital inaugural que esta nueva realidad permite.

El término madurescencia viene a inaugurar el protagonismo en esta primera mitad del siglo XXI de una nueva etapa vital que los manuales de psicología no recogen, en la que podemos retomar los sueños de la primera adolescencia, podemos reiniciar nuestra historia pero con experiencia acumulada, cometiendo nuevos errores y nuevos aciertos porque las reglas de juego han cambiado.

En los próximos años veremos proliferar estudios, informes y programas dedicados a este colectivo (como en su día proliferaron los estudios sobre la adolescencia) porque como sucedió con los adolescentes en las décadas de los 80/90 del siglo pasado, serán la franja de consumidores más potente y con más "futuro".

La diferencia es que ahora han cambiado valores, hábitos y tendencias y el consumidor se ha convertido en "prosumidor" que opina, habla, participa e indica a las marcas el tipo de experiencia del que quiere disfrutar.

Larga vida al Madurescente "in progress".




domingo, 12 de agosto de 2012

Colonos y Residentes Digitales (La revolución Madurescente): Un día "desconectada"

Hace ya un tiempo que me despierto a las siete menos cuarto, haya dormido lo que haya dormido. Es un regalo madurescente y llevo incorporado un despertador natural entre otras mejoras que aporta la edad.

Desayuno de forma consistente, fruta, yogur con cereales y café, porque eso dicen los dietistas que es lo saludable: Desayunar como un rey, comer como un príncipe y cenar como un mendigo... ¡Quién me lo hubiera dicho a mí que durante décadas fui de café solo y a la calle! Mientras desayuno enciendo mi tablet y leo los periódicos, tuiteo alguna noticia interesante, reviso mi correo y mi reader. "Meneo" el último post de Pérez Reverte y ¡a la ducha!

He quedado para comer en la playa con un grupo de primos. Iré con mi hermano y su mujer al que mando un mensaje diciéndole a que hora llegaré a su casa. También escribo un mensaje a mi otro hermano para que sepa que no estaré en casa en todo el día. 

Por la ventana miro cómo ha amanecido el día: nubes y claros, pero por si las moscas preparo la bolsa de la playa y deseo buenos días a mis amigos en Facebook y les enlazo desde YouTube una estupenda canción de Sting: "Shape of my Heart"

Subo al coche y conecto la radio a través del móvil para oír las noticias, el "manos libres" no sea que me pongan una multa y me dispongo a pasar un sábado desconectada y en familia.

Al llegar a casa de mi hermano, me enseña unas fotos estupendas que le han hecho en su último viaje a Tenerife en un Laptop que siempre lleva consigo y, hablando, hablando, llegamos hasta nuestros índices de colesterol (típica conversación madurescente) triglicéridos, ácido úrico... y fotografío la caja de una medicación que me recomienda para recordar el nombre... ¡lo que mi memoria le debe a Internet!!!

He recibido un mensaje en un grupo de WhatsApp proponiéndome asistir esta noche a un concierto de Silvia Pérez Cruz y compruebo en la página de venta de entradas que están agotadas... Otra vez será...

Salimos los tres en un solo coche y siguiendo con las "normas" al uso, uno de nosotros no beberá. Mi cuñada envía un mensaje a mi sobrina... "Nos vamos. Volveremos a media tarde" y otro a la madre de la amiga con quien está pasando el día.

En el coche consulto mi correo (nada nuevo...), el tiempo que nos hará (amenaza lluvia) y anoto 28 puntos en una jugada de "Apalabrados".

Al llegar al restaurante donde comeremos hago checking en Foursquare. ¡Madre mía! Hace más de 20 años que no comía aquí. Creo recordar que la última vez fue con mis padres, mis hermanos, mis tíos, mis primos... algo parecido a lo que haremos hoy pero con una generación desaparecida, la de nuestros padres... Calamares a la romana, mejillones al vapor, ensalada y paella... Como Dios y la tradición mandan. El restaurante ha cambiado, hay Wifi, pero la cocina no.

Somos trece, buen número, once smartphones en la mesa junto al platito del pan. Dos niños de 4 y 6 años, comen menú infantil y juegan en el móvil de sus padres. Nueve de los móviles se convierten en cámaras de fotos para inmortalizar el momento. Yo le doy mi IPhone al camarero porque esta vez quiero salir en la foto y la subo a Facebook. Una de mis primas envía la que ha hecho ella a su hermana que está en NewYork y otra de mis primas a su hijo que está en Costa Rica.

Hacía tiempo que no nos veíamos y la conversación fluye animada resumiendo logros y fracasos, desgracias, buenas noticias y cotilleos de familia. Cada historia remite a una foto (mira mi nieto, estoy alojado en este hotel, estuve en Bogotá...) guardada en el móvil. Uno de mis primos guarda escaneada una foto de mis tíos y mi padre cuando eran niños. Nos reconocemos en esos ojos enormes y oscuros, tristes de posguerra, en esa nariz que nos hermana. Reconocemos rasgos de la familia en el nieto más pequeño que ha salido pastado a su abuelo cuando era niño.

Dividimos la factura a partes iguales en la calculadora del móvil y la tarde transcurre plácida en el jardín de la casa de una de mis primas, oyendo música de los 60 y 70 en Spotify. Siguen las fotos, los envíos por WhatsApp..., no nos despegamos del móvil ni para ir al cuarto de baño y apenas lo usamos para hablar por teléfono, los nuevos hábitos dictan que ocupemos nuestro tiempo con mensajes y Apps. Me descargo una aplicación que emite un sonido que ahuyenta a los mosquitos y mi hermano consulta la fuerza del viento (le encanta navegar) en otra. 

Somos todos inmigrantes digitales. Internet se metió en nuestras vidas cuando ya éramos adultos, pero llevamos nuestro smartphone pegadito a nuestro cuerpo, con parte de nuestro pasado en su memoria. Compartimos con los que están lejos los momentos que estamos viviendo, anotamos los datos que ya no podremos recordar por nosotros mismos, cyborgs, nuestro smartphone es una extensión de nuestra memoria. Estamos conectados, somos residentes digitales y cuando decimos que estamos desconectados hablamos del ordenador, de la pantalla del PC, porque el móvil es ya parte de nosotros mismos y cuando no hay cobertura, nos inquietamos, nos sentimos mal, es una nueva indisposición física.

Y al llegar a casa, por la noche, antes de cenar, antes de nada, enciendo la pantalla de mi Mac y disfruto consultando en Facebook las fotos del día, de mi día y del día de mis amigos... Ha sido un perfecto sábado desconectada...









viernes, 10 de agosto de 2012

La revolución madurescente: visionado de "EL CAMBIO- Dr. Wayne Dyer"


No soy una persona especialmente mística, huyo de los manuales de autoayuda como de la peste y me horrorizan los gurús orientalistas. A través de Twitter me ha llegado una película: El Cambio - Dr. Wayne Dyer... Dura dos horas, pero ha podido más mi curiosidad que la disciplina que me he impuesto este mes de agosto de navegar por internet el máximo de una hora al día, y me la he tragado entera: 120 minutos de entrevista entremezclada con varias historias de cambio. Si quitamos los mensajes trascendentes, queda una hermosa película sobre la que he ido anotando algunas reflexiones que incorporaré a "La revolución Madurescente".

Antes de los títulos de crédito de presentación ya ha llamado mi atención una frase: "No podemos vivir el atardecer de la vida con el mismo programa que la mañana" buen eslogan para lo que quiero desarrollar en el libro.

La película se desarrolla en un "refugio" frente al Pacífico, una "casa de colonias" rodeada de un paisaje marítimo salvaje, donde van a parar una serie de personajes incluidos el Dr. Dyer y el equipo de filmación de la película.

Dyer habla del TAO, Dios y los milagros, pero algunas de sus afirmaciones me resultan especialmente motivadoras.

Me recuerda que la palabra entusiasmo proviene del griego  ‘ενθουσιαμός’  y significa "tener un dios dentro". En todo proceso de cambio es fundamental poseer esa energía, ese impulso que proporciona la ilusión por vivir nuevas experiencias y ese entusiasmo debe ser más poderoso que el miedo a equivocarte.

Hablando del "ego" Dyer nos recuerda que somos educados en tres principios fundamentales que nos separan de nuestro "Dharma", de nuestro objetivo vital:
"Eres lo que tienes" Ambición
"Eres lo que haces" Competencia
"Eres tu reputación" Lo que los demás dicen que eres.

Comienza el cambio cuando pasas de la ambición a encontrar el sentido a través de un salto cuántico, una experiencia cumbre en palabras de Maslow que se describe como una experiencia intensa, sorprendente, benevolente y perdurable. Ese momento que parece mágico en el que todo aparece como una visión que explica perfectamente el mundo y hacia dónde dirigirte.

Para vivir ese momento Dyer recurre al TAO y nos habla de consentir, abandonarse, no interferir, abandonar la lucha, permitir que las cosas sucedan... ser flexible como un junco y... estar conectado a tu fuente. Y es cierto que el cambio tiene que ver con volver al origen, retomar un sueño, buscar el primer impulso. Hasta llegar a esta conexión con el momento "inicial" he estado "haciendo otras cosas" que me apartaban de mí misma.

Para componer tu propia música hay que dejar que se componga sola mientras la tocas, escuchar, prestar atención y la música sale sola. 

Y compararte contigo misma, no con los otros: "Estoy mejor que ayer..."

Pasar de conseguir cosas a ofrecer cosas... tocar la vida de alguien..., conmover...


jueves, 9 de agosto de 2012

INTRODUCCIÓN: LA REVOLUCIÓN MADURESCENTE



La muerte de mi madre supuso un pequeño cataclismo en mi vida y puso colofón a una época oscura en la que había llagado a una planicie vital absoluta.

Nada de lo que componía mi mundo en ese momento me gustaba y no tenía ni idea de cómo cambiarlo y la muerte de mi madre me dio la fuerza suficiente para cerrar esa etapa y dar carpetazo a todo lo que Barcelona suponía.

Cuando esto sucedió, yo estaba en la India, en el Rajastán , a punto de partir hacia Agra para por fin ver el Taj Mahal, que sé que sólo conoceré en foto. Viajaba con una buena amiga y con un grupo reducido de compañeros, y desde el día de salida, mi cabeza no podía alejarse del hospital donde había dejado a mi madre con un diagnóstico de neumonía y a cargo de mis dos hermanos que se turnaban para estar con ella en plenas vacaciones.

La noche de la salida estuve con ella hasta la una de la mañana (el avión salía de madrugada) con un nudo en la garganta y con una intuición, una vocecita interior que me decía que no debía marcharme.

Ella insistió tanto en que me fuera, que le quité importancia a la gravedad real de su estado. Y me fui.

Era el mes de agosto. Estaba de vacaciones, merecidas vacaciones de un trabajo en el que estaba incómoda, donde tenía la sensación de irme embruteciendo lentamente, nada nuevo bajo el sol, rodeada (con maravillosas excepciones) de seres grises que a la mínima iniciativa de cambio o experimentación,  temblaban como pajarillos asustados. Así que aburrida y convertida en una sombra de mi misma, soñaba con los fines de semana en la Costa Brava y con las vacaciones en la India. Sería mi segundo viaje a un país que unos años atrás, con dos amigos y mochila en ristre, me había deslumbrado de tal manera que había alterado mi percepción de la realidad añadiendo una nueva cara al prisma de olores, colores y sensaciones nuevas e intensas.

Faltaban seis meses para mi 50 cumpleaños y todo parecía indicar que comenzaba la suave pendiente que conduce hasta la jubilación: nada nuevo por hacer, por sentir, por aprender y concentrarse en mantener buena salud y el optimismo suficiente para sobrevivir. Afortunadamente nuestros planteamientos poco tienen normalmente que ver con lo que la vida nos tiene preparado...

Tenía un buen sueldo, un nido donde refugiarme que aunque fuera de alquiler (creo que uno de mis aciertos vitales es el de no tener propiedades que me aten a nada ni a nadie...) se había convertido en un hogar en el que el mundo estaba "bien hecho".

Mi casa estaba entonces muy cerca de la casa de mis padres, eso me ahorraba tiempo y esfuerzos desde que empezó la decadencia física de mi padre, unos cinco o seis años atrás. Intenté desde ese momento visitar, si era posible, cada día a mis padres para comprobar que todo estaba en orden y para echar una mano cuando fuera necesario. 

Y cuando mi padre murió, empezó el desfile de cuidadoras para mi madre a las que también había que supervisar... había entrado en la rueda de la dependencia...

Tampoco era mejor mi vida sentimental, picoteando caricias y atenciones aquí y allá pero horrorizada con la idea de compartir mi espacio con ningún hombre más allá de un fin de semana..., siempre venía a mi cabeza el fantasma, que amenaza a todas la mujeres, de tener que ser la criada de un varón (!)

Estalló pues mi crisis madurescente: ¿realmente esto era todo lo que podía esperar de la vida? ¿qué haría al volver? Y si no volvía de la India..., ¿qué podía aportar alguien tan miedoso como yo en un país de valientes? A estas alturas de mi vida, ¿le importaba a alguien? y a mí ¿me importaba alguien? No quería volver a mi trabajo que en la distancia me parecía sin objeto, ni función. Sentía un rechazo profundo por mi ciudad, Barcelona, que sentía poco hospitalaria y nada socializadora. En la India, con mi madre en el hospital, con mi compañera de viaje en cama por una indigestión... estábamos en agosto del 2005.

Volví de la India al décimo día de viaje, después de cruzarla de oeste a este y descubrir que no todo el mundo habla inglés y de dos angustiosos día en Delhi, donde recuperé en honor a mi madre el hábito de fumar sin parar, porque coincidí con una huelga de la British Airways y no pude conseguir pasaje de vuelta hasta dos días después de que mi madre falleciera.

Se cerró ahí un período de mi vida y el sentimiento de orfandad me colocó  en la primera línea de la batalla, sin techo donde refugiarme, desaparecido ese último puerto donde recalar cuando todo sale mal que es la casa de tus padres, donde se encontraba ese amor incondicional, irracional,  de los que cuando te miran, sólo ven al niño que fuiste, perfecto y más lleno de futuro que de pasado. 

Y quise huir, cambiar de ciudad, de amigos, de amores y de familia, de oficio y de costumbres y comencé a armar un plan que finalmente me llevó a Sevilla, mi amada Sevilla,  con la promesa de una segunda oportunidad y fue más un tránsito, un receso, un alto en el camino que una revolución, pero me permitió lamerme las heridas y coger fuerzas para lo que me esperaba más adelante.

Y así, el 5 de enero de 2006, el día que cumplía los 50, crucé con mi coche convertido en caracol, toda la península, en un viaje iniciático que duró tres días y en los que atravesé tormentas, imposibles cortinas de agua y nevadas intensas, hasta el punto que tuve que refugiarme en Requena porque la carretera había desaparecido engullida por la nieve, hasta llegar a mi nuevo hogar, en el centro de Sevilla, un día de sol.

Sevilla fue el paréntesis perfecto. Tres años viviendo al revés de como lo había hecho hasta entonces: Mi vida se llenó de gente y pude esconderme de mí misma y observar como desde un escaparate un mundo que se me antojaba más exótico que Estambul. Sevilla cuidó de mí y me fue devolviendo la energía perdida y la pasión de vivir: un vinito con los amigos en la plaza del Salvador por las tardes, una tapa en el Arenal, una charla intrascendente paseando por la calle Betis, tantas noches en mi terraza de la calle Bailén, en el puritito centro, al fresco, con los tejados de la iglesia de la Magdalena como paisaje cotidiano.

Andalucía toda se convirtió en mi campo de operaciones y con mi cuaderno de campo, una moleskine negra tamaño cuartilla, fui anotando los rituales ancestrales, las fiestas y costumbres de un pueblo que vive al ritmo y la cadencia del paso de las estaciones y en Semana Santa entierra el año y, a la vez que florece el azahar, celebra la llegada de la primavera vistiéndose de colores. 

Fui almacenando en mi memoria olores y colores, playas, campos, montes, ciudades y pueblos hasta, sin ser yo consciente, empezar a preparar mi vuelta a casa.

Me desperté un día al límite de mí misma, cansada de ser la nota discordante, enemiga de casi todo y entre el hospital o la comisaría, elegí el aeropuerto y volví a casa.

Y esa vuelta me trajo una nueva Barcelona vista desde un barrio que no era el mío, un trabajo diferente, de nuevo en la cresta de la ola colaborando en el nacimiento de una comunidad corporativa en internet,  una nueva convivencia, al incorporar a mi vida cotidiana a mi hermano pequeño recién divorciado. Todo parecía nuevo y diferente. Pero yo sabía en realidad que no era así, que ya no había excusa y que con la vuelta a Barcelona se iniciaba imparable mi personal revolución madurescente.

El primer aviso lo da siempre la naturaleza, el cuerpo. Y después de una agradable cena con amigos del trabajo, en la que recuerdo haber hablado de dejarlo todo y comenzar de nuevo, amanecí más tarde de la cuenta y con resaca. El retraso que ya llevaba, se agravó al querer alargar (esos cinco minutitos más...) el placer de remolonear en la cama y los cinco minutos rituales se convirtieron en media hora de sueño profundo.

Al salir pitando de la cama apoyé mal los metatarsos de mi pie izquierdo que se quebraron en un simbólico acto de "hasta aquí hemos llegado" y "para quieta y reordena tu vida".

Dos meses  en barbecho en un país donde la presencialidad en el trabajo es casi una religión, hicieron que a mi vuelta me sintiera "fuera del grupo" y empecé a fantasear con ese cambio radical que me permitiría dedicarme a aquello que realmente deseaba y que entroncaba directamente con el inicio de mi vida laboral: la enseñanza.

Pero eso lo digo ahora. A "toro pasado" es muy fácil ver las agendas ocultas que todos tenemos y analizar causas y consecuencias de nuestros actos. En ese momento sólo tenia una vaga sensación permanente de inquietud y malestar que no sabía a qué atribuir. Volvía a mí la rebeldía de los 18 años y nada me gustaba, con nadie podía estar de acuerdo y sentía una enorme necesidad de salir huyendo de esa oficina para vagar sin rumbo de ciudad en ciudad, llenando mi vida de caras e historias nuevas.

El azar no existe, y estoy convencida de que vamos trazando inconscientemente un plan que nos conduce directamente a ese día en el que todo encaja y ya has dado el primer y definitivo paso para tomar las riendas de tu vida. Puede que se presente disfrazado en forma de jefe que te propone un nuevo proyecto que te horroriza, o en forma de reajuste de funciones en tu departamento en el que no encajas... da lo mismo, ya te han dado el empujoncito que necesitabas para lanzarte al vacío y comenzar a explorar el nuevo universo.

Y aquí empieza la aventura que quiero explicar: Cómo transitar por esa transformación que he llamado "crisis de la madurescencia" que debe servirnos para construir la mejor versión de nosotros mismos.